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miércoles, mayo 20, 2026
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El PRM no puede temerle a sus propias bases

En el Partido Revolucionario Moderno no puede haber espacio para dudas: la democracia interna no se negocia, se ejerce.

Hoy más que nunca, respaldo la posición de Guido Gómez Mazara, quien ha advertido con claridad los riesgos de sustituir el voto de las bases por acuerdos de cúpula disfrazados de consenso. Porque hay que decirlo sin rodeos: convertir el consenso en regla es, en la práctica, cerrar la participación.

Aquí no hay excusas válidas.

Se ha querido posicionar la idea de que un partido en el poder no puede organizar procesos internos competitivos. Eso es falso. Totalmente falso.
Quien gobierna tiene más herramientas, más estructura y más capacidad que nunca para hacerlo bien. Y en el caso del PRM, la mayoría de los aspirantes forman parte del propio gobierno, lo que facilita aún más la coordinación.

La realidad es que el problema no es operativo. Es de voluntad.

Tomemos un ejemplo concreto: Santiago de los Caballeros.
Con 10 municipios y 16 distritos municipales, el montaje de un proceso interno es perfectamente viable. Con apenas 26 dirigentes nacionales desplegados estratégicamente, se puede garantizar supervisión, transparencia y control en cada organismo.

¿Dónde está entonces la dificultad?

Más aún, el partido realizó una profunda profilaxis del padrón, movilizando toda su estructura a nivel nacional. Se trabajó, se depuró, se organizó.
No tiene ningún sentido que ese esfuerzo termine engavetado. Un padrón se construye para votar, no para archivarse.

Pero hay un elemento aún más delicado que no se puede ignorar: los liderazgos se desgastan.
Y en política, la única forma legítima de ratificar un liderazgo es a través del voto popular, no mediante la imposición ni el señalamiento desde arriba.

Pretender validar liderazgos sin someterlos al escrutinio de las bases no solo debilita su legitimidad, sino que los expone a un cuestionamiento permanente.

Al mismo tiempo, el partido debe entender que existe un nuevo liderazgo emergente que quiere crecer, aportar y competir.
Cerrar los procesos internos o limitar la competencia crea una barrera artificial que frena ese crecimiento y envía un mensaje equivocado: que en el PRM no todos tienen las mismas oportunidades.

Evitar las elecciones internas no fortalece al partido. Lo debilita.
Desmoviliza la base, genera desconfianza y rompe el equilibrio natural entre renovación y continuidad.

El PRM nació como una respuesta a prácticas que precisamente hoy algunos pretenden normalizar. No podemos repetir los errores que criticamos. No podemos convertirnos en lo que prometimos superar.

La democracia interna no es un discurso de campaña. Es un compromiso permanente.

Abrir el proceso, permitir que las bases elijan y garantizar competencia real no divide al partido: lo legitima, lo fortalece y lo prepara para los desafíos electorales que vienen.

Porque al final, hay una verdad que no se puede ignorar:
los partidos que le dan la espalda a sus bases, terminan pagando el precio en las urnas.

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