Las luces bajan y el escenario queda prácticamente desnudo. La banda de 16 músicos, con la dirección musical de Junior Lomba, comienza a sonar y, poco después, Robmariel Olea aparece como Velma Kelly, acompañada por los bailarines que empiezan a dibujar con sus movimientos el universo de la obra.
No hace falta mucho más para entender que «Chicago» va a jugar sus cartas desde el primer minuto.
El clásico de John Kander, Fred Ebb y Bob Fosse encontró en el Teatro Nacional una versión dominicana que entiende bien su esencia: aquí todo es espectáculo, pero detrás del brillo hay cinismo, ambición, crimen, prensa y personajes dispuestos a hacer casi cualquier cosa por convertirse en noticia.
La producción de José Llano, acompañada de la excepcional dirección general de María Castillo, apuesta por una estética cuidada hasta el último detalle. La escenografía, el vestuario y las luces recrean el Chicago de los años 20 sin intentar competir con la historia.
El escenario se transforma en cárcel, club, sala de prensa y espacio de representación con una fluidez que mantiene el ritmo de la obra. Y precisamente el ritmo es uno de sus mayores aciertos.
La coreografía de Natalie Borsos convierte la danza en parte esencial de la narración. Los más de 50 bailarines no están allí simplemente para llenar el escenario: acompañan, comentan y amplifican lo que ocurre. Hay precisión en las formaciones y, sobre todo, una energía que sostiene los números musicales.
Robmariel Olea tiene uno de los momentos más contundentes de la noche con «All That Jazz». Como Velma Kelly, combina presencia, sensualidad y carácter, y consigue que el personaje se sienta dueño del escenario desde su primera aparición.
Karla Fatule, como Roxie Hart, se mueve por otro registro. Su personaje necesita ingenuidad, ambición y una buena dosis de descaro, y Fatule encuentra ese equilibrio mientras avanza por una historia en la que cada personaje parece estar calculando cuál será su próximo titular.
Javier Grullón completa ese triángulo como Billy Flynn, el abogado que entiende mejor que nadie que en Chicago la verdad importa bastante menos que la versión que consigue llegar a los periódicos.
Entre ellos, sin embargo, hay actuaciones que consiguen hacerse notar.
Por Dagoberto Lockward


