Resumen. Este artículo examina cómo China y Estados Unidos, las dos principales potencias en el desarrollo de la inteligencia artificial (IA), abordan su regulación en el plano interno y en el global. Sostiene que ambas comparten la preocupación por la seguridad de las personas y la soberanía de los Estados, pero la articulan con modelos distintos: uno centrado en la competitividad y la desregulación, y otro en la supervisión administrativa y la arquitectura multilateral. Los acuerdos más recientes crean canales de comunicación, no un régimen común.
El surgimiento de la computadora y de internet inició una transformación global que modificó los modelos de producción y, con ellos, las condiciones materiales de vida de amplios sectores de la humanidad (Castells, 1996). Ese cambio de paradigma ha sido tan vertiginoso que hoy convivimos con sistemas que, alimentados con grandes volúmenes de información generada por personas, ejecutan tareas antes reservadas a la cognición humana y que se conocen como «inteligencia artificial». Conviene precisar, sin embargo, que no se trata de máquinas que desarrollen una inteligencia propia y autónoma, sino de sistemas que aprenden de datos y operan para cumplir objetivos fijados por seres humanos (Russell y Norvig, 2021), tal como lo recoge la definición legal estadounidense a la que remite la Orden Ejecutiva 14179 (Trump, 2025b).
Su expansión influye en la política, la economía e incluso en la formación de las personas, y ha generado debates, dudas y temores. Ello ha llevado a las dos principales potencias tecnológicas a plantearse su regulación, tanto en el ámbito doméstico como en el global. Ese esfuerzo, no obstante, no ha producido un consenso, sino posiciones diferenciadas y acuerdos parciales, que este artículo analiza.
En Estados Unidos, tras la revocación de la Orden Ejecutiva 14110 (2023), la Orden 14179 de enero de 2025 fijó como política sostener y reforzar el dominio global del país en IA, en aras del desarrollo humano, la competitividad económica y la seguridad nacional (Trump, 2025b). El Plan de Acción de IA de julio de 2025 desarrolló esa línea en torno a la innovación, la infraestructura y el liderazgo internacional, y propone exportar la «pila» tecnológica estadounidense (hardware, modelos, software y estándares) a los países dispuestos a sumarse a su alianza (The White House, 2025b). En diciembre de 2025, la Orden Ejecutiva 14365 buscó limitar las leyes estatales que contradigan un marco nacional «mínimamente gravoso» (Trump, 2025a). La seguridad se concibe, así, sobre todo como seguridad nacional y ventaja competitiva.
China, por su parte, regula mediante normas administrativas de alcance central. Las Medidas Provisionales para la Gestión de los Servicios de IA Generativa rigen desde el 15 de agosto de 2023 y se aplican a los servicios ofrecidos al público dentro del país; las Medidas de Etiquetado de Contenidos Generados por IA, vigentes desde el 1 de septiembre de 2025, obligan a señalizar dichos contenidos (American Bar Association [ABA], 2025). Predomina, pues, la supervisión estatal sobre los proveedores de servicios.
El primer entendimiento bilateral relevante llegó en noviembre de 2024, cuando Joe Biden y Xi Jinping acordaron en Lima que la decisión de emplear armas nucleares debe permanecer bajo control humano y no de la IA (NPR, 2024). Paralelamente, China ha impulsado un enfoque multilateral: en julio de 2025 presentó en Shanghái el Plan de Acción para la Gobernanza Global de la IA y propuso crear una Organización Mundial de Cooperación en IA (Ministerio de Asuntos Exteriores de China, 2025), propuesta que Xi reiteró en la cumbre de APEC de ese año (Reuters, 2025). Estados Unidos, en cambio, ha privilegiado la expansión de su ecosistema tecnológico y los controles a la exportación como instrumentos de liderazgo (The White House, 2025b).
En el marco de Naciones Unidas sí hubo consenso: el 26 de agosto de 2025 la Asamblea General adoptó, sin votación, la resolución A/RES/79/325, que creó un Panel Científico Internacional Independiente sobre IA y un Diálogo Global sobre su gobernanza (Asamblea General de las Naciones Unidas, 2025).
La cumbre Trump–Xi de septiembre de 2026 en Washington confirma esa lógica de avances limitados. Ambos gobiernos acordaron establecer un canal para atender incidentes relacionados con la IA y un diálogo específico, previsto para noviembre; Trump, no obstante, afirmó que su país no frenará su desarrollo tecnológico (Associated Press [AP], 2026). Mientras Trump descartaba un acuerdo internacional sobre IA, Xi sostuvo que ambos países deben gestionarla en favor del bien común (The Washington Post, 2026), y los resultados fueron calificados de graduales (Quartz, 2026).
Pese a sus diferencias, ambas posiciones convergen en dos objetivos. El primero es resguardar la seguridad de cada individuo: Estados Unidos promulgó en mayo de 2025 la ley Take It Down contra la explotación mediante deepfakes (The White House, 2025a), y China exige etiquetar los contenidos generados por IA (ABA, 2025). El segundo es la seguridad de la soberanía de las naciones, que cada potencia entiende a su manera: Washington, como liderazgo tecnológico y controles a la exportación (The White House, 2025b); Pekín, como el derecho de los Estados, en particular del Sur Global, a desarrollar sus capacidades y participar en la formulación de las reglas (Ministerio de Asuntos Exteriores de China, 2025). Existe, además, un núcleo de preocupaciones compartidas, como el control humano sobre decisiones críticas y la gestión de incidentes, que explica por qué la competencia no excluye el diálogo.
La IA ha dejado de ser una promesa tecnológica para convertirse en un asunto de seguridad y soberanía. Estados Unidos y China no han alcanzado un consenso regulatorio, sino una convergencia parcial: coinciden en proteger a las personas y a los Estados, pero difieren en el método (desregulación competitiva frente a supervisión administrativa y multilateralismo) y en quién debe fijar las reglas. Los canales de comunicación recientes son un paso útil, aunque insuficiente; su eficacia dependerá de que se traduzcan en compromisos verificables y de que el resto de las naciones participe en foros universales como el de la ONU, y no solo en la rivalidad bilateral.
Por Dagoberto Lockward


