La historia política reciente ofrece lecciones contundentes que ningún gobernante debería ignorar. La sacudida sufrida por el Partido Republicano y el presidente Donald Trump en el escenario electoral estadounidense no es un evento aislado ni ajeno a nuestra realidad continental; por el contrario, constituye un reflejo de advertencia que con suma facilidad podría replicarse en el panorama electoral de la República Dominicana.
Las elecciones municipales se vislumbran como el primer gran termómetro social para medir el descontento popular frente a una nación que está siendo golpeada de forma sistemática por la política económica del presidente Luis Abinader.
En la actualidad, el Partido Revolucionario Moderno (PRM) goza de un dominio absoluto sobre las estructuras del Estado, con un control hegemónico tanto en el Senado como en la Cámara de Diputados.
Sin embargo, esta representación parlamentaria ha distado mucho de ejercer un contrapeso democrático real. Por el contrario, la contundente mayoría legislativa se ha transformado en un mero sello de goma al servicio del Poder Ejecutivo, dispuesto a refrendar de manera irrestricta cada iniciativa remitida desde la Casa de Gobierno, de manera muy particular la abrumadora suma de proyectos destinados a la aprobación de endeudamiento con la banca internacional y diversos organismos crediticios multilaterales.
Esta servil disposición del Congreso ha permitido al presidente Abinader instrumentar su fuerza política con calculada efectividad, impulsando medidas que lesionan de forma directa la estabilidad económica de la clase media, estrangulan la capacidad productiva de los sectores agropecuarios y nacionales, y hunden al país en un espiral de deuda pública de la cual resulta cada vez más difícil avizorar un destino claro.
Los montos millonarios contraídos a través de empréstitos se acumulan sin que la ciudadanía perciba con transparencia las inversiones reales o los proyectos de desarrollo social a los cuales supuestamente han sido destinados.
El límite de la tolerancia ciudadana parece haber alcanzado su punto crítico.
Los bolsillos del dominicano común no resisten más la presión inflacionaria ni las constantes alzas que impactan el diario vivir.
La canasta familiar se ha vuelto inaccesible para amplios sectores de la población, mientras que los precios de los combustibles continúan ahogando la movilidad y el transporte de mercancías.
A este complejo panorama se suma el encarecimiento de los costos de importación y, de forma más reciente, el desproporcionado incremento en el pago de los marbetes para la circulación de vehículos, medidas que terminan castigando sistemáticamente a quienes intentan mantener a flote sus economías familiares o pequeñas empresas.
Por Dagoberto Lockward


