En junio de 2026, las exportaciones dominicanas de zonas francas alcanzaron US$4,359.7 millones durante el primer semestre, un crecimiento de 3.2% respecto del mismo período de 2025. La cifra confirma la fortaleza de un sector que ha sido, durante décadas, uno de los motores de nuestra economía. Pero también deja una pregunta pendiente: ¿estamos convirtiendo la ventaja geográfica de la República Dominicana en una ventaja productiva sostenible, o simplemente aprovechando, de manera incremental, una estructura que ya existe?
La pregunta pesa más cuando miramos hacia Costa Rica. Allí, los dispositivos médicos se convirtieron en el principal rubro de exportación de bienes, con una participación cercana a la mitad de las ventas externas. En 2025, sus exportaciones de bienes crecieron 14%, mientras los servicios sin viajes alcanzaron US$12,512 millones. La diferencia no está solo en cuánto exporta cada país, sino en lo que ocurre alrededor de esas exportaciones: la capacidad de generar conocimiento, proveedores, talento especializado y actividades de mayor valor.
Ambos países participan de una transformación mayor: la reconfiguración de las cadenas internacionales de suministro y la búsqueda de localizaciones más próximas a los principales mercados. Pero ahí aparece una diferencia decisiva. La República Dominicana tiene buena parte de las condiciones para beneficiarse del nearshoring. Costa Rica ha demostrado mayor capacidad para convertir esa oportunidad en sofisticación productiva.
Mi tesis es simple: la República Dominicana no necesita otra iniciativa aislada para aprovechar el nearshoring. Necesita una estrategia nacional que convierta sus ventajas dispersas en una arquitectura productiva coherente.
Para entender el problema conviene empezar por lo que sí estamos haciendo bien. Las zonas francas dominicanas siguen siendo uno de los principales activos económicos del país. En 2025 alcanzaron un récord de US$8,548.6 millones en exportaciones, con 858 empresas operando y 200,237 empleos directos. Ese récord, sin embargo, debe leerse con cuidado: el crecimiento respecto de 2024 fue de apenas 0.6%.
Eso no describe un sector en crisis. Describe un sector maduro que necesita una nueva fase de crecimiento.
Y precisamente porque las zonas francas han funcionado durante décadas, existe un riesgo que no debemos ignorar: confundir escala con transformación. Exportar más no significa necesariamente que estemos capturando una mayor proporción del valor que generan las cadenas internacionales de producción.
Los productos médicos y farmacéuticos encabezaron las exportaciones de zonas francas en 2025, con US$2,890.4 millones y 33.8% del total. Les siguieron el tabaco y sus derivados, los productos eléctricos, las confecciones y textiles, la joyería y el calzado.
La estructura revela una fortaleza manufacturera considerable. Pero también obliga a una pregunta más ambiciosa: ¿cuántas de esas actividades generan conocimiento, ingeniería, investigación, proveedores nacionales especializados y servicios empresariales alrededor de la producción? Ahí está, a mi juicio, el verdadero desafío del nearshoring: capturar una mayor proporción del valor que se genera en esas cadenas, no solo fabricar más cerca de Estados Unidos.
Costa Rica ofrece una comparación útil porque demuestra que la geografía, por sí sola, no explica el resultado.
Por Dagoberto Lockward


