El 11 de septiembre de 2001 fue uno de esos días excepcionales en que prácticamente todos los medios de comunicación del mundo contaron una misma historia. Las diferencias horarias, geográficas e incluso lingüísticas quedaron relegadas ante las imágenes que llegaban desde Nueva York: dos aviones se habían estrellado contra las torres del World Trade Center y la televisión estaba transmitiendo, en directo, una tragedia cuyo alcance todavía nadie podía calcular.
La televisión tuvo un protagonismo extraordinario. Internet era todavía una plataforma informativa en desarrollo y su infraestructura sufrió ante la avalancha de usuarios que buscaban información.
Millones de personas recurrieron entonces a las cadenas televisivas, que interrumpieron su programación habitual. CNN, ABC, CBS y NBC mantuvieron coberturas continuas, mientras las imágenes procedentes de Manhattan recorrían inmediatamente el planeta. Poynter recuerda que aquel acontecimiento mostró simultáneamente la fuerza de la televisión y el potencial que tendría internet para las noticias de última hora.
La conexión con CNN permitió seguir lo que estaba ocurriendo en Nueva York prácticamente al mismo tiempo que sucedía. La primera torre estaba en llamas y, mientras periodistas y editores trataban de entender qué había ocurrido, llegó el segundo impacto. A partir de ese momento ya no parecía posible considerar lo sucedido como un accidente.
Esa simultaneidad constituye una de las características que hicieron excepcional la cobertura del 11-S. Periodistas y público fueron testigos casi al mismo tiempo de una parte sustancial de la tragedia. No hubo primero un acontecimiento y después una narración periodística acabada: la noticia se estaba construyendo mientras ocurría.
Después llegó lo inimaginable. A las 9:59 de la mañana se desplomó la Torre Sur. A las 10:28 cayó la Torre Norte. Las cámaras estaban allí. Millones de personas contemplaron la desaparición de dos edificios que durante décadas habían formado parte del perfil de Nueva York.
Pero las cámaras también registraron escenas que plantearon inmediatamente un dilema periodístico: hasta dónde mostrar la muerte.
Desde los pisos superiores, cercados por el fuego, el humo y temperaturas insoportables, algunas personas cayeron o se lanzaron al vacío. Las cámaras y los fotógrafos documentaron aquellos momentos. Sin embargo, numerosos medios decidieron no difundir las imágenes más explícitas o dejaron de utilizarlas después de las primeras transmisiones.
Karen Scott, entonces directora de noticias de WPIX-TV en Nueva York, contó posteriormente que desde la sala de control pudo observar imágenes de personas mirando desde las ventanas, tomadas de las manos y saltando. Vio mucho más de lo que decidió transmitir. Su criterio fue que la televisión no debía aumentar el horror que ya estaba viviendo la audiencia.
El mismo debate llegó a los periódicos. El fotógrafo de Associated Press Richard Drew captó una de las imágenes más conocidas y controvertidas de aquel día: un hombre cayendo cabeza abajo desde la Torre Norte. La fotografía, conocida posteriormente como The Falling Man, fue distribuida por la agencia y apareció al día siguiente en algunos periódicos, pero muchos otros decidieron no publicarla por considerarla demasiado perturbadora.
Por Dagoberto Lockward


