La principal fortaleza política del Partido Revolucionario Moderno (PRM) desde su llegada al poder en 2020 ha sido la combinación de liderazgo presidencial, estabilidad económica y cohesión política alrededor del proyecto de gobierno encabezado por Luis Abinader. Sin embargo, de cara al ciclo político que culmina en 2028, el mayor desafío del oficialismo no parece provenir únicamente de la oposición, sino de su capacidad para preservar la unidad interna.
La historia política dominicana ofrece suficientes ejemplos de cómo las divisiones internas pueden debilitar incluso a los partidos más fuertes. En el antiguo Partido Revolucionario Dominicano (PRD), las tensiones entre Salvador Jorge Blanco y Jacobo Majluta marcaron una etapa de profundas fracturas internas durante los años ochenta. Aquellas diferencias no solo afectaron la estabilidad del partido, sino que terminaron debilitando su capacidad para mantener cohesión política en momentos clave.
Otro episodio recordado fue el enfrentamiento político entre el ex-presidente Hipolito Mejia y Hatuey De Camps, una ruptura que dejó heridas dentro de la organización y evidenció cómo las disputas internas pueden erosionar incluso a liderazgos históricos dentro de un mismo proyecto político.
Más recientemente, la política dominicana volvió a presenciar cómo una división interna puede transformar el panorama electoral. La ruptura entre Danilo Medina y Leonel Fernández dentro del Partido de la Liberación Dominicana (PLD), en el contexto de las primarias de 2019 que desembocaron en las elecciones de 2020, terminó fracturando la principal fuerza política de ese momento. Aquella división abrió el camino para un nuevo ciclo político que culminó con la llegada al poder del Partido Revolucionario Moderno.
Estos antecedentes históricos ilustran una lección constante en la política dominicana: los partidos rara vez son derrotados solo por la oposición; con frecuencia se debilitan primero desde adentro.
Por eso, dentro del PRM comienza a surgir una preocupación legítima sobre el manejo de la competencia interna entre aspirantes presidenciales. Cuando la lucha por el posicionamiento político se traslada al terreno de campañas de descrédito financiadas indirectamente a través de plataformas digitales, influencers o comentaristas que utilizan ataques personales y lenguaje agresivo, el resultado puede ser la acumulación de heridas políticas difíciles de cerrar.
En política, como en las investigaciones criminales, muchas veces basta con seguir el rastro del dinero: follow the money. La percepción de que recursos publicitarios o institucionales puedan estar siendo utilizados para promover agendas personales o para atacar a competidores internos genera una señal peligrosa para cualquier organización política.
Pero a ese desafío se suma otro elemento que comienza a generar inquietud en las bases del partido. El mal manejo político de algunos funcionarios del gobierno pertenecientes al PRM ha empezado a crear cimientos de descontento dentro de la propia militancia. En algunos casos, por actitudes de arrogancia; en otros, por una marcada indiferencia frente a quienes trabajaron políticamente para que el partido llegara al poder.
También existe la percepción, cada vez más comentada en sectores del partido, de que algunos funcionarios no llegaron a sus posiciones por méritos acumulados en la lucha política, sino por coyunturas de cercanía personal, amiguismo o compadreo. Ese tipo de situaciones suele generar frustración entre dirigentes y militantes que sienten que su esfuerzo político no ha sido valorado ni reconocido.
Cuando esa inconformidad se combina con la competencia interna por la sucesión presidencial, el riesgo político aumenta. Las bases partidarias son el motor electoral de cualquier organización, y cuando la base comienza a sentirse desplazada o ignorada, el entusiasmo político puede transformarse en apatía o en fractura interna.
Por eso, la discusión no es simplemente moral o disciplinaria; es estratégica. Si el PRM aspira a consolidarse como una fuerza política con vocación de largo plazo y con posibilidades reales de continuar gobernando más allá de 2028, deberá administrar con prudencia tres factores fundamentales: la competencia entre aspirantes presidenciales, la disciplina institucional dentro del gobierno y el respeto a la base política que sostuvo su ascenso al poder.
La continuidad política no depende únicamente de los resultados de gobierno. También depende de la capacidad de un partido para preservar su cohesión en los momentos en que las ambiciones personales comienzan a chocar y cuando las bases demandan reconocimiento y respeto.

La historia dominicana lo demuestra con claridad: cuando las divisiones internas se desbordan, el adversario político casi siempre termina recogiendo los frutos. Y para un partido que gobierna, la batalla más peligrosa no es la que se libra contra la oposición, sino la que comienza dentro de sus propias filas.




