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sábado, octubre 24, 2026
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Frédéric Bastiat vs. Abinader: «Lo que se ve y lo que no se ve”

Las obras de Bastiat (n. 1801, Francia), aunque decimonónicas, al revisarlas y contrastarlas sin pasión con la gestión de gobierno de Luis Abinader Corona, notamos de inmediato la utilidad y actualidad de sus advertencias, para economías tan distorsionadas e injustas como la nuestra.

El primer ensayo de Bastiat fue publicado en 1844 y este murió de tuberculosis en 1850, lo que implica que en solo seis años dejó un legado tan amplio que hasta el día de hoy trasciende. Unos 182 años después, todavía es útil para contrastar sus advertencias con los yerros que algunos gobernantes y gobiernos.

Empecemos citando a Alberto Benegas Linch (h): “La característica central de todos los escritos de Bastiat está en su sencillez, con lenguaje directo y, al mismo tiempo, mostrando una notable fuerza de sus razonamientos”, y al premio nobel en economía Friedrich A. von Hayek, quien, entre otras cosas, también decía: «Bastiat esgrimió argumentos contra las falacias más importantes de su tiempo… ninguna de estas ideas ha perdido todavía influencia en nuestro tiempo.

Hoy no pocos son los colegas economistas que consideran que un trabajo serio debe incluir terminologías técnicas que confunden al lector y hasta que deben tener un dejo de presumidas matemáticas. Lo cual, en ocasiones, levanta criticas justificadas. No en todos los casos, pero si en muchos se oculta lo relevante y trascendente, casi siempre por la defensa de un status quo donde el estado pierde, y por ende el pueblo, y en el que ganan intereses económicos que no convienen desvelar.

Sin embargo, para avanzar veamos la siguiente cita de Bastiat «El estado es aquella gran ficción por la que todos tratan de vivir a expensas del resto». Latinoamérica por décadas ha reafirmado esa sentencia en su práctica política, lamentablemente. Frase lapidaria. Gobernantes junto a un sector privado irresponsable cada vez más agresivo en nuestro país, hacen realidad esas palabras, lo cual no debiera ser.

Y agrego, la economía en ningún tiempo y en ninguna parte del mundo ha sido ni es una ciencia natural; es una ciencia moral y como tal se vincula al hombre como un ente espiritual y moral. Por lo que todo lo que hacemos desde posiciones de poder en la economía, afecta toda una colectividad. Por tanto, recordando a Karl Popper relativo a los lenguajes pretendidamente científicos para explicar lo económico: «Cualquiera que no sepa expresarse de forma sencilla y con claridad no debería decir nada y seguir trabajando hasta que pudiera hacerlo». El pueblo demanda hoy más que nunca del gobierno dominicano y de sus economistas adeptos, que se le hable claro, debido a que la opacidad campea por sus fueros, y los intereses espurios no guardan ni la forma. Cuanto desvarío.

No hay certeza real de cuanto es hoy la deuda pública, de cuantos conforman su nómina, de cuanto se entrega en programas sociales, cuánto cuesta administrarlos, quienes están en la matrícula escolar, a cuánto asciende lo desfalcado en SENASA, etc.

Bastiat en uno de sus ensayos, pocos meses antes de morir, en julio de 1850, titulado «Lo que se ve y lo que no se ve”, explica que uno de los puntos centrales del análisis económico es la capacidad que debemos tener para poner en contexto, los efectos de las medidas adoptadas. Quizás de ahí procede su aplicación a la práctica política, con aquello que nos enseno Bosch, de que lo que no se ve, es más importante que lo que se ve.

Los economistas debemos prestar atención a los efectos visibles y medibles (no a la narrativa oficial) pero mucho más a aquellos efectos que quedan ocultos ex profeso.

Las políticas demagógicas de nuevo cuño como las de otrora, suelen sostener que, si el estado no interviene a través de impuestos, o de las exenciones de los mismos de manera dilatada en el tiempo, como lo es al turismo, a los combustibles para transporte masivo, los sindicatos, o para las inversiones estratégicas mediante fideicomisos, como son puertos, aeropuertos, carreteras, no habrá creación de empleos nuevos, ni crecimiento del Producto Bruto interno (PIB).

Por Dagoberto Lockward

Dagoberto Lockward
Dagoberto Lockward
Periodista con experiencia en temas políticos, económicos y culturales.
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