No todos los Herodes llevan corona ni se sientan en un trono. Algunos forman parte de nuestra cotidianidad, conocen nuestras aspiraciones y hasta tienen acceso a nuestros sueños.
Son esas personas que interpretan el crecimiento ajeno como una amenaza, que necesitan controlar, disminuir o desanimar a otros para sentirse seguras de su propio lugar.
En el relato bíblico, Herodes temió perder su poder ante el nacimiento de Jesús. Su historia nos recuerda hasta dónde puede llegar alguien cuando permite que el miedo, la inseguridad y la ambición gobiernen sus decisiones.
Y aunque los tiempos han cambiado, ciertas conductas siguen presentes. Las encontramos en las relaciones personales, en los espacios de trabajo y hasta en los círculos donde debería existir mayor confianza.
Pero hay algo que debemos tener claro: no todo el que nos contradice es un Herodes. A veces, quien nos cuestiona también nos ayuda a crecer. Aprender a distinguir entre una crítica sincera y un intento de someternos es parte de nuestra madurez.
Hay una enseñanza de Jesús que me resulta especialmente valiosa. Ante las amenazas de Herodes, no renunció a su misión ni permitió que el miedo determinara su camino.
Y ahí descubrimos que ser fuerte no significa volverse duro.
Podemos poner límites sin odiar. Alejarnos de aquello que nos hace daño sin desearle mal a nadie. Defender nuestras convicciones sin convertir al otro en enemigo.
Podemos tener carácter y conservar la ternura.
Porque el verdadero desafío no consiste únicamente en apartarnos de quienes intentan apagar nuestra luz, sino en impedir que sus acciones nos conviertan en personas que no somos.
Por Dagoberto Lockward


