Lograr la unificación de la oposición dominicana suele parecer, a primera vista, una tarea más difícil que alcanzar el reino de los cielos. En un escenario donde los intereses particulares y la heterogeneidad de los liderazgos suelen primar sobre la hegemonía social de la colectividad, el camino hacia el poder se vuelve sinuoso. Sin embargo, la realidad política actual dicta una sentencia clara: vencer al partido oficialista es una tarea de minería estratégica, donde las fuerzas opositoras son vetas luminosas que solo alcanzarán el metal final, el solio presidencial, si logran fundirse en una reingeniería política común.
El partido de gobierno avanza ganando terrenos. Su reciente renovación dirigencial ha proyectado hacia el exterior una imagen de dinamismo y cohesión, un rayo de luz que intenta eclipsar las tensiones internas que, como es bien sabido, desangran a sus estructuras en las provincias del país, sumidas en un verdadero pandemónium.
Pero la oposición no vive un panorama mejor. Hasta el momento, la incapacidad de articular una respuesta unificada y sólida a nivel interno ha debilitado su capacidad de responder con contundencia en las urnas para desplazar al oficialismo.
La Fuerza del Pueblo (FP), liderada por el expresidente Leonel Fernández; el Partido de la Liberación Dominicana (PLD); el Partido Revolucionario Dominicano (PRD), timoneado por Miguel Vargas; y el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC) tienen la obligación histórica de nuclearse si de verdad aspiran a sorprender al bloque gobernante.
La historia de la democracia dominicana demuestra que los grandes virajes políticos del último tercio de siglo no han sido obra de partidos solitarios, sino el resultado de grandes costuras estratégicas.
El espejo de la historia: Pactos que redefinieron el poder
El recurso de las coaliciones no es nuevo; está inscrito en el ADN electoral dominicano para destronar oficialismos o sortear crisis profundas.
Hace casi tres décadas, en 1996, el histórico «Frente Patriótico» entre el PLD y el PRSC cerró el paso a José Francisco Peña Gómez y llevó por primera vez a la presidencia a Leonel Fernández, inaugurando una era de nuevos rostros en el Estado.
Posteriormente, tras la desaparición física de los tres grandes caudillos de la nación, Peña Gómez, Juan Bosch y Joaquín Balaguer, el pragmatismo político dictó nuevas reglas.
Vimos nacer en 2006 la «Alianza Rosada» entre el PRD y el PRSC para disputar el control congresual y municipal, que aunque sufrió severas fricciones y un éxito moderado por fallas de negociación, sentó precedentes de concertación.
Por Dagoberto Lockward


