No tiene inteligencia emocional. Esa es la conclusión a la que llega cualquier ciudadano medianamente observador cuando ve al presidente Luis Abinader insistir una y otra vez con el mismo tema: la corrupción de los gobiernos pasados.
Lo hace como si este gobierno fuera impoluto. Como si la corrupción no ocupara hoy, precisamente en esta administración, el primer lugar en la percepción y en los hechos que vemos a diario.
Es de una torpeza política mayúscula. Si fuera inteligente, obviaría tocar ese tema. Porque cada vez que lo menciona, abre la puerta para que el país se pregunte: ¿Y la de ahora qué?
Cuando otro gobierno llegue — un gobierno que sí tenga voluntad — y comience a llevar a la justicia a los responsables de esta administración y a recuperar los bienes producto de la corrupción de estos años, entonces entenderemos la magnitud del daño.
Con lo que se va a recuperar no hablaremos de techados deportivos sobrevaluados — obras pequeñas, infladas y presentadas como grande.
POR RICHARD PORTORREAL
Por Dagoberto Lockward


