En una democracia madura, escuchar la crítica es una obligación, no una concesión. El gobierno del PRM ha reiterado su apertura al escrutinio público, consciente de que la fiscalización fortalece las instituciones. Sin embargo, no toda crítica es legítima por el simple hecho de existir, ni todas las voces tienen la misma autoridad moral para pontificar sobre ética, transparencia o uso correcto del Estado.
La historia reciente de la República Dominicana es clara y está documentada. Los gobiernos del Partido de la Liberación Dominicana (PLD) hicieron del Estado una herramienta electoral, dilapidando recursos públicos, distorsionando la competencia democrática y sembrando una cultura política basada en el clientelismo y la compra de voluntades.
El proceso electoral de 2012 marcó un punto crítico: gasto público desbordado, uso indiscriminado de los fondos del Estado y una maquinaria política financiada con dinero de todos. El resultado fue devastador: el mayor hoyo fiscal de la historia dominicana, cuyas consecuencias no las pagaron quienes tomaron las decisiones, sino el pueblo, a través de más impuestos, mayor endeudamiento y presión sobre la economía familiar.
Por eso resulta no solo contradictorio, sino cínico, que actores vinculados a ese modelo pretendan hoy erigirse como referentes morales del sistema. Cuando el expresidente Leonel Fernández habla de compra de elecciones o cuestiona programas sociales como SENASA, es inevitable recordar quiénes normalizaron esas prácticas, quiénes las perfeccionaron y quiénes se beneficiaron políticamente de ellas.
La crítica es válida cuando nace de la coherencia. La amnesia selectiva no es una virtud democrática. Mucho menos cuando se intenta reescribir el pasado para desviar la atención de responsabilidades históricas que aún pesan sobre la institucionalidad del país.
Los gobiernos del PLD dejaron como herencia un Estado debilitado, finanzas públicas comprometidas y una cultura política dañina, donde el poder se sostenía más con dinero que con ideas. Ese modelo fue rechazado por la ciudadanía y hoy pertenece a una etapa que la sociedad dominicana decidió superar.
El país necesita debate, sí. Necesita crítica, también. Pero no necesita lecciones de quienes convirtieron el Estado en un botín electoral. La democracia se construye con responsabilidad, memoria y respeto por la verdad histórica.
Porque al final, la democracia no se compra… y la historia no se borra

